Papa Francisco en nuestros corazones


Papa Francisco. Hoy en mi búsqueda habitual, como cada mañana en internet, alcancé este maravilloso artículo de María Elena Álvarez Ponce con el que me identifiqué por su grado de profundidad respecto a la visita del Papa Francisco a Cuba y los sentimientos que su presencia caló en nuestros corazones.

Justo en la tarde del lunes 21 de septiembre, cuando en el mundo muchos aclamaban por la Paz, en ese, su Día Internacional, en la mayor de las Antillas disfrutábamos abiertamente de ese lindo significado que encierra la Paz y muchos nos deleitábamos con la programación especial dedicada a #ElPapaEnCuba.

Los documentales ofrecidos por Cubavisión, canal de la Televisión cubana, nos dejaron ver la singularidad del Papa, su humildad, sensibilidad, su amor por el ser humano, por el desposeído, en fin un sin número de valores que, en algún momento, me hicieron recordar historias de nuestro Líder de la Revolución cubana.

Hoy, estoy segura, los cubanos desde cualquier sitio estaremos pendientes a las palabras del Papa en el Congreso de los Estados Unidos.

Aquí en la isla caribeña sus expresiones conmovieron a nuestro pueblo. Por mi parte continuaré creyendo en la justicia social, en la paz, en la utilidad de la virtud, en el mejoramiento humano y en un mundo mejor que es posible.

Disfrútenlo!!!!

Será por su simpatía y carisma -un don de gentes tan perceptible como un terremoto de 8,5 en la escala Richter-, o por su sencillez sin poses, la facilidad con que se “salta” el protocolo, su opción por los pobres, el haber nacido en estas sufridas tierras americanas, su buen humor y calidez, el hablar sin pompas ni rodeos, el candor de su mirada… Será por algo de esto o por todo esto y más, pero lo cierto es que el Papa Francisco ha tocado el corazón de los cubanos

Tendremos que dejar pasar la efervescencia de estos días de peregrinar de Su Santidad por un archipiélago que mira hacia todos los caminos, de Norte a Sur y de Este a Oeste, y que, tanto por su ubicación geográfica, como por vocación natural y hasta por la certeza de la urgencia, bien puede ser puente y llave para esa cultura del encuentro entre hombres y pueblos, y la amistad social, que tanto ansía y predica.

Tendremos que dejar que pase, también, la visita del Sumo Pontífice de la Iglesia Católica a los Estados Unidos, durante la cual segura estoy de que millones desde este lado del Estrecho de la Florida nos mantendremos muy atentos a lo que haga y, sobre todo, a cada palabra suya, lo mismo ante el Congreso de esa nación, que en la sede de la Asamblea General de la ONU, en Nueva York, por solo citar dos momentos clave en la agenda para la segunda y última etapa de esta gira.

Y pasados ya la exaltación, el ajetreo y el incesante flujo de noticias, habrá llegado la hora de dar “rewind” para reflexionar,  ante todo con nuestro yo interior, sobre lo que en estas jornadas hemos escuchado decir al Papa Francisco -que no es poco-, lo que ha dicho, no a los católicos y, ni siquiera, a los que profesan alguna religión, sino a cada cubano, porque a todos, de alguna manera, nos sirve el sayo.

Pensar muy bien, por ejemplo -antes de repetir y repetir con ligereza, tal vez por la ocasión misma o por la hermosura de la frase-,  en qué nos quiere decir Su Santidad con ese rotundo “el que no vive para servir, no sirve para vivir”; a quién y cómo nos pide servir, de qué servicio se trata.

Sopesar cada una de sus palabras  la tarde del 20 de septiembre a las puertas del Centro Cultural Félix Varela, cuando a los jóvenes llamó a soñar, y a lo grande, pero también a construir, con la pasión y el emprendimiento tan propios de su edad, y a hacer por Cuba, porque -bien lo dijo- hay algo superior a nosotros y es la grandeza de nuestro pueblo y esa Patria que, como Martí, los cubanos extendemos hasta alcanzar la Humanidad toda.

Infinitas enseñanzas nos deja el Papa Francisco a las personas de fe, que creo somos todas las que apostamos por la vida, las que creemos en la utilidad de la virtud, en el poder del amor, en la salvación del mundo y el mejoramiento humano.

Nos quedamos con su llamado a la unidad en la diversidad; a la esperanza trabajadora, sacrificada y fecunda; a derrotar la pobreza -la material y esa otra, aún peor, que es la de espíritu-y a ser misericordiosos, una compasión que nada tiene que ver con la lástima y sí con la solidaridad, el compromiso y el espíritu justiciero de proteger al débil, levantar al caído y dignificar a los olvidados y excluidos.

Entre nosotros se queda también, de algún modo, este Papa fuera de serie, con los pies en la tierra y que pone el dedo en la llaga, conocedor de males y remedios de este mundo nuestro.  Coherente en su pensamiento y prédica, grande en su humildad, tan familiar que nos parece de siempre conocido, tierno cual caricia con los niños, ancianos y enfermos. Risueño, bondadoso y feliz, como lo hemos visto en estos días. Así se queda.

Rezar no, porque no soy creyente, pero sí que puedo y voy a desearle a Su Santidad, no ya cosas buenas, sino lo mejor de lo mejor: mucha salud, larga vida, sabiduría, fuerzas y esa alegría y felicidad de saberse en el buen camino, a ratos sostenido, y siempre acompañado por millones, entre ellos, qué duda cabe, los cubanos.

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